
A las diez de la mañana de ayer circuló por toda la población la noticia de que había un barco en gran peligro á la boca del puerto, y muy pronto se vió ir hacia la Magdalena mucha gente, que se fué aumentando á medida que avanzaba el día, y que por la tarde coronaba todas las alturas de la costa en aquella península, sobre las fortificaciones y en toda la línea de los pretiles del Mareógrafo.
Efectivamente, había un barco en gran peligro. Era el Cabo Espartel, de la Compañía Vasco-Andaluza que, procedente de Cádiz, venía en demanda del puerto, ya bastante acosado por el temporal, y que al llegar á la altura de Cabo Mayor, apenas doblada la punta, sufrió la rotura del eje de la hélice, quedando, por lo tanto inutilizado y á merced de la mar, que estaba muy gruesa.
Entonces hizo señales de auxilio, izando una trinqueta, con la que se dejó venir sobre el puerto empujado por el Noroeste, como á las nueve de la mañana, aproximadamente, saliendo pocos momentos después en su busca el remolcador Cuco, el cual le dió una amarra cerca de Cabo Menor, remolcándole hasta el faro de Mouro
.
Al llegar frente á la isla de Mouro, un accidente imprevisto hizo imposible la continuación del remolque y por poco causa la pérdida de los dos vapores. Un golpe de mar acercó algo los dos buques, y el cabo, que al aflojarse se hundió en el agua, fué cogido por la hélice del Cuco, que se inutilizó, quedando también el remolcador sin gobierno y á merced de las olas, porque otro golpe le rompió el guardín derecho del timón.
Entonces hubo un momento de verdadera ansiedad, durante el cual se creyó que el Cabo Espartel y el Cuco iban á estrellarse sobre Mouro, á donde les arrojaba el mar y el viento. Leer resto del relato.
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Con oficio de 2 de Septiembre último, el señor Alcalde de esta villa remitió diligencias incoadas por la autoridad de Marina del puerto relativas al salvamento de dos náufragos.
Resultando que en la tarde del 28 de Agosto próximo pasado, reinando fuerte temporal, se presentó al cabo de mar del puerto el vecino del caserío «Izarategui» Salvador Garrastazu, manifestándole que como á un cuarto de milla de la costa y una del puerto, se hallaba quilla al sol un bote al que se sujetaban dos hombres con grande peligro de sus vidas.
Resultando que inmediatamente el referido cabo de mar Antonio Aramberri dispuso la salida de dos traineras en demanda de los náufragos, embarcando él una de ellas el susodicho cabo y el paisano D. Angel de Gorostidi, que voluntariamente quiso ayudar al salvamento y cuyas traineras nombradas Santa Isabel y Paulino, iban tripuladas la primera por el patrón Modesto Larralíaga y marineros Pedro José Larrañaga, Félix Larrañaga, Ecequiel Larranaga, Bartolomé Uranga, Segundo Uranga, Luciano Echegoyen, Segundo Azpillaga, Ignacio Alberdi, Balbino Andreano, Eduardo Darpoya y Francisco Iñarra, y la segunda, por el patrón Manuel Uranga y marineros Pedro Basurto, Aleio Arrizabalaga, Gregorio Urbieta, Bautista Goicoechea, José Domingo Ucín, Gregario Balenciaga, Pedro Olascoaga, Agustín Garmendía, Segundo Balenciaga, Vicente Aizpuru y José Domingo Aizpuru.
Resultando que ambas embarcaciones, á pesar del mal tiempo reinante y fuerte marejada, lograron llegar al lugar del naufragio, consiguiendo salvar la vida á los dos hombres conduciéndolos á tierra y remolcando el bote zozobrado.
Considerando que sin el auxilio prestado por los salvadores los dos náufragos hubieran. irremisiblemente perecido.
Considerando que el oportuno aviso dado por el vecino Salvador Garrastazu merece especial mención.
Considerando que el acto de embarcar el cabo de mar en una de las traineras es también meritorio, pues sus disposiciones desde tierra, como autoridad marítima, ya le hacían acreedor al reconocimiento de esta Sociedad; y
Considerando que es mucho más meritorio todavía ese mismo rasgo de valor en el paisano D. Angel Gorostidi, porque no siendo hombre de mar avezado á los peligros de este elemento, tuvo el arrojo de lanzarse al socorro de sus semejantes,
La Comisión Ejecutiva ha acordado conceder Medallas de Plata de Premio al cabo de mar de Guetaría D. Antonio Aramberri y al paisano D. Angel de Gorostidi.
Medallas de Bronce de Premio y 20 pesetas en metálico á cada uno de 108 patrones de la traineras Santa Isabel y Paulino, respectivamente, Modesto Larrañaga y Manuel Uranga.
A los marineros de ambas embarcaciones cuyos nombres quedan mencionados en el segundo resultado, 10 pesetas en metálico a cada uno de ellos, al vecino de la Colonia Izarategui, Salvador Garrastazu, un expresivo voto de gracias y el premio en metálico de 10 pesetas.

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En la amanecida del 15 de diciembre de 1888 despertaron los habitantes de Cadaqués aterrados por un fuertísimo temporal del Este Sudeste: el viento ensordecía, y las olas encrespadas y montañosas llegaban con ímpetu a estrellarse sobre las peñas, inundando el caserío.
No se recordaba en aquel litoral espectáculo tan grandioso o é imponente.
Los marinos y pescadores contemplaban el mar con admiración, y sentían inquietud por los navegantes, á quienes hubiera sorprendido aquella espantosa borrasca.
De pronto un hombre con vista de lince exclamó:
-Mirad ... allá, en el horizonte, al Sudeste ... ¡un buque!
Efectivamente; á través de la espesa lluvia y de la mucha cerrazón, distinguiese un vapor de tres palos que se acercaba á tierra, y no por la voluntad de sus tripulantes. El vapor, atravesado á las olas, era juguete del viento, y los golpes de mar le barrían la cubierta.
En lo alto del trinquete tenia izadas tres bolas, indicando hallarse sin gobierno, por haber perdido el timón. En su popa flameaba una bandera cuya nacionalidad no podía conocerse.
Nadie dudaba que aquel buque iba á estrellarse sobre la costa en muy breve plazo, y que toda su tripulación perecería si desde tierra no se le prestaba auxilio,
Hallábase ya el vapor á menos de una milla de la boca del puerto, cuando, intentando un último recurso para salvarse, largó sus anclas en cuarentas brazas de fondo. Por fortuna inesperada, las anclas agarraron; así el buque demoraba su pérdida.
Entretanto, la población de Cadaqués había acudido á la playa y rodeaba la caseta de la Estación de Salvamento de Náufragos. En ella estaba ya el ayudante de Marina D. Quirico Riberas, valentísimo y experto piloto que aquel día iba á cubrirse de gloria.
Como la premura del auxilio no consentía aguardar á que acudiera toda la dotación del bote insumergible, resolvió la Junta directiva de la Estación admitir marineros voluntarios, y tripulado rápidamente con dieciséis hombres, fué aquél botado al agua.
Salió el bote en demanda del vapor, y viósele alejar por entre las olas arboladas y avanzar penosamente contra el viento huracanado.
Los espectadores juzgaban temeraria la empresa y nadie creía posible que consiguiesen llegar al costado del vapor.
y transcurrió una hora, y luego otra, sin que el bote cejase; sus dieciséis hombres bogaban azotados y heridos por los golpes de mar que anegaban aquél y no lo hundían, merced á sus achicadores automáticos.
y transcurrió una hora más de titánica lucha; los remeros tenían sus fuerzas casi agotadas; pero Riberas, que mandaba e1 salvavidas, y el patrón Mestres, que manejaba el timón, habían jurado no retroceder.
Por fin, después de cuatro horas justas de haber salido del muelle, consiguió el bote llegar cerca del costado del vapor, que era un hermoso trasatlántico italiano.
Pero no había posibilidad de atracarse á él para recoger sus pasajeros, porque el vapor cabeceaba hasta hundir toda la proa en el agua ó daba bandazos que la embarcaban por los imbornales.
Si el vapor hubiese encallado en un arrecife (que es lo que ocurre generalmente), perdiendo toda movilidad, la faena del bote salvavidas se habría reducido á aproximarse al costado del vapor por sotavento, donde las olas rompen si.empre con menos furia; pero hallándose el buque fondeado, aproado al vendaval y sometido á un balance tan duro, no ofrecía ningún socaire al bote, ni éste podía ponerse al alcance de los movimientos del vapor, porque el más pequeño choque le hubiera destrozado.
A pesar de tan gran peligro, Riberas se acercó al buque y gritó:
-¡ Echadme á los pasajeros amarrados uno á uno! ¡Yo los recogeré!
y como la fuerza del viento apagaba su voz, repitió muchas veces por señas esto mismo. Pero desde la cubierta del trasatlántico, llena de gente aterrorizada, nadie se disponía á intentar aquel recurso para salvarse. Todos pedían socorro y ninguno aceptaba el único posible.
Riberas insistió largo tiempo vanamente y convencido al fin de lo infructuoso de sus esfuerzos, resolvió volver á tierra y esperar un recalmón. Antes de desatracarse le arrojaron desde á bordo una botella cerrada.
El bote efectuó su regreso con mayor facilidad y fue aclamado en tierra por la multitud ávida de noticias.
Ese buque les dijo Riberas es el vapor Archimede, Palermo, y se halla en situación desesperada: ¡urge que salvemos á los pasajeros, aunque tengamos que arriesgar la vida cien veces!
Entonces todos los marinos del pueblo se prestaron á la empresa con entusiasmo.
Dentro de la botella se encontró un papel firmado por el Capitán, y dirigido á la Casa Canadell, de Barcelona, solicitando el auxilio de un vapor que remolcase al Archimede, pues tenía la máquina inutilizada. En seguida fué entregado este documento al agente consular de Italia Sr. Rahola.
A la una y media, la tripulación del bote, que se había mudado de ropa y tomado algún alimento, volvió á embarcarse, y aquél efectuó su segunda salida.
El viento había amainado algo, y aunque no la mar, llegaron en dos horas al costado del vapor.
Riberas, con gran percida, se aguantó sobre los remos en la aleta de estribor; hizo que el capitán arrojara al agua por aquel Sitio estopas empapadas en aceite, lo que calmó mucho el oleaje, y enseguida pidió que le arriaran uno á uno los pasajeros.
En eso se convino al fin, visto lo inminente del riesgo mayor. Una mujer fué embasada, elevada á gran altura y luego arriada suavemente sobre las crestas de las olas, siendo recogida en el acto por el bote y acondicionada en él.
En hora y media de esta faena peligrosísima, y á costa de alguna avería en el bote, se trasladaron al su bordo doce hombres y cinco mujeres, máxima sobrecarga para lo alborotado del mar; pero como todos los pasajeros, llenos de pánico, querían embarcarse también y aun arrojarse al agua á pesar de los esfuerzos del capitán, Riberas desatracó y les dijo:
-¡Tranquilizaos, que volveré en seguida y seréis llevados á tierra, aunque necesitemos hacer veinte viajes!
Cuando el bote llegó á la playa de la Estación eran las cuatro.
Todas las autoridades y el pueblo en masa recibieron á los náufragos, y á porfía les facilitaron ropas y alimentos.
Mientras, y sin perder instante, efectuó el bote su tercer salida con nueva tripulación. Llegó al trasatlántico, recibió á su bordo 17 pasajeros y los trajo á tierra sin novedad.
Al anochecer emprendió el cuarto viaje, también con la dotación de refresco. Había ya embarcado á 12 pasajeros, cuando tocó su vez al médico del vapor, qua también fué embasado; pero al arriarle en el bote, un golpe de mar arrojó á éste sobre el costado del Archimede y el médico sufrió la fractura de ambos brazos.
Ya cerrada la noche, hizo el bote su desembarque, y entonces le practicaron al herido la primera cura en la Estación de Salvamento cuatro facultativos de la población.
Amaneció el día 16 lluvioso, con mar muy gruesa y viento durísimo del primer cuadrante. Por quinta vez salió el bote, y después de dos horas de lucha, transportó á tierra 17 pasajeros más, entre ellos cuatro niños y una mujer.
A las nueve efectuó otro viaje y transportó 18.
A las doce volvió á salir y regresó con 20 náufragos.
A las tres de la tarde condujo á tierra al resto de los tripulantes, incluyendo al capitán, oficialidad y maquinistas del Archimede.
Este vapor quedó completamente abandonado. Todo su pasaje fué alojado en las casas particulares de Cadaqués.
La Estación de esta Junta local, por medio de su bote insumergible, había salvado la vida á 128 personas, después de 30 horas de lucha con una mar arbolada y efectuando ocho viajes redondos. (1)
Este notable salvamento repercutió en toda Europa. La Compañía de Navegación General Italiana envió al Presidente de la Junta local de Cadaqués mil liras para el fomento de su Estación. La oficialidad y pasajeros del Archimede remitieron á la Junta un pendón ó estandarte de seda y oro y un honroso pergamino. (2)
(1) También comandaron el bote en sus numerosos viajes: D. Julio Bosch. piloto; D. Eduardo Costa, capitán; D. Juan Rahola, piloto; D. Pío Riberas, piloto, y D Juan Riberas, piloto. Casi todos eran miembros de la Junta local de Salvamento.
(2) Los obsequios recibidos por la Junta fueron: un rico estuche de ébano, conteniendo un pendón de riquísima seda con los tres colores de la bandera italiana, perfilada con flecos de oro fino y su parte posterior forrada de seda blanca. En la parle anterior y en letras bordadas en oro lleva la siguiente inscripción: "Alla Societá di Salvataggio di Cadaqués, l' equipaggio del piroscafo italiano -Archimedes- e Riconoscente ottre", y un pergamino de 0.49 metros por 0.34 con la siguiente dedicatoria: A los intrépidos hijos de la Sociedad de Salvamento de Cadadqués, que con heróico valor menospreciaron sus vidas para volar en socorro de los náufragos del vapor Archimede en los días 15 y 16 de Diciembre de 1888; la salvada tripulación abajo suscrita les ofrece en signo de vivísima gratitud y perenne memoria, el adjunto pendón.
(*)El heróico Mestres naufragó dos meses más tarde con dos hermanos suyos y pereció ahogado.
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Por consecuencia del heróico salvamento realizado en aguas de Tánger en favor de los tripulantes de la goleta española Luz de Avilés el día 19 de Febrero próximo pasado, la comisión Ejecutiva ha concedido los premios siguientes:
Al señor Delegado de Sanidad de aquel puerto, D. José Atalaya, la Medalla de Plata de Premio.
Al hebreo Ihas-Cohen, la Medalla de Bronce de Premio.
Al individuo Abendaham, 50 pesetas en metálico y 15 pesetas á cada uno de los 13 marineros que tripulaban los botes salvadores.
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A las cuatro de la tarde del día 1º de Abril último regresaba la lancha Carmen, de la matrícula de Cangas, tripulada por nueve hombres, de la pesca del besugo, y al hallarse entre las islas de “Jaro” y de “San Martín”, una racha falsa de viento Noroeste la hizo zozobrar, yéndose al agua sus nueve hombres, los cuales se agarraron á la quilla de la embarcación, empezando á dar voces de auxilio; pero las dos embarcaciones que se hallaban más inmediatas á ellos, que debían estar pescando en una playa que hay 31 Sudeste de isla la ”Jaro” , no debiendo oír dichas voces ni apercibirse del peligro, puesto que no hicieron ningún movimiento para auxiliarlos; en esta situación, la marea saliente iba echándoles con mucha rapidez hacia fuera de la ría, y cuando ya desesperaban de que se les prestase auxilio y la mar no les permitía ya permanecer agarrados á su embarcación zozobrada, vieron venir la lancha nombrada La Buena Rogelia, patroneada por José Iglesias Martínez con siete tripulantes más, la cual, á toda fuerza de remo y vela, se dirigió á prestarles auxilio, llegando casi con tanta oportunidad que de haber tardado un poco más hubiesen perecido los tripulantes Jesús S. Camba, padre del patrón de la lancha naufragada, y otro de sus tripulantes, que ya habían perdido el conocimiento, pues llevaban dos horas luchando con las olas.
Después de haber realizado el salvamento de los náufragos los tripulantes de la Buena Rogelia, á pesar del mal tiempo y las graves dificultades con que tenían que luchar, quisieron también salvar la embarcación, lo que consiguieron, transportándola á la isla San Martín, socorriendo también á los náufragos con sus víveres y sus ropas.
En vista de los hechos relatados, la Comisión Ejecutiva concedió los premios siguientes:
Medalla de Bronce de Premio y 25 pesetas en metálico al patrón de la Buena Rogelia, José Iglesias Martínez, y á cada uno de los otros tripulantes Francisco Iglesias, José Chapelas, José María Ron Núñez, Modesto García, José Casal, Ismael Paz y Manuel Fernández 15 pesetas en metálico.
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El día 11 de Mayo último, tuvo la desgracia de caer al agua desde una escalera próxima al puente ”Vizcaya” del lado de las “Arenas”, la joven de 19 años Victoria Bilbao, que hubiera perecido irremisiblemente sin el pronto auxilio que le presto el gabarrero Felipe Arteche, el cual, arrojándose al agua, logró, no sin grandes esfuerzos y peligros, mantenerla a flote hasta la llegada de un bote tripulado por los marineros Deogracias Barañano, Jacinto Canales, Benigno Urcullo y Remigio León, que recogieron a los dos, encontrándose la joven medio asfixiada y sin conocimiento.
Considerando que la conducta noble y valiente de Felipe Arteche, es digna de señalada recompensa, como también lo son de premio los tripulantes del bote.
La Comisión Ejecutiva ha concedido Medalla de Bronce de premio y 25 pesetas a Felipe Arteche y 5 pesetas a cada uno de los tripulantes del bote mencionado.
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